“Nosotras hemos hecho la resistencia sin derramar una gota de sangre”

[Leer en catalán en La Directa]

Pilar Restrepo es una de las integrantes del teatro La Máscara, una propuesta artística feminista con más de 40 años de trayectoria en Cali, Colombia. A poco tiempo de su creación en 1972, este grupo comenzó a experimentar, a partir de la creación colectiva, con el teatro rural en las comunidades afrodescendientes del Valle del Cauca. En los años 80, el conflicto armado entre el Gobierno de Belisario Betancur (1982-1986), los nacientes grupos paramilitares y la guerrilla era muy intenso y las amenazas a cualquier voz crítica eran una constante y una excusa para ejercer una política de represión y agresión que culminó con 372.532 víctimas mortales registradas hasta 1989.

En este escenario, La Máscara se acabará definiendo como un grupo de teatro de mujeres con énfasis en el discurso de género en un país donde 4410 mujeres sufren violencia sexual cada año, lo que equivale a 149 violaciones diarias, es decir, unas seis por hora. Hablan de temas como la prostitución, la sexualidad, el aborto, el matrimonio y la persecución. Esta propuesta artística de teatro comprometido como herramienta de transformación representa un aporte fundamental para la dramaturgia y la historia actual de Colombia.

¿El teatro La Máscara nació para provocar?

Nacimos de la mano de un grupo mixto de estudiantes del Teatro Experimental de Cali Enrique Buenaventura (TEC) que queríamos aprender a partir de la creación colectiva basada en textos; pero pronto el grupo sufrió un viraje y empezamos a trabajar teatro rural en el pueblito de Jamundí. Investigábamos los ritos y los mitos de las comunidades afrodescedientes del lugar para la representación de obras tradicionales. En esa época el conflicto colombiano se puso muy complicado, parte del grupo decidió regresar a la ciudad de Cali y nos quedamos solamente cuatro mujeres. En este punto seguimos con el teatro como práctica de vida y así nos consolidamos como grupo pionero de teatro de mujeres en Colombia. En nuestras obras tratábamos temas de los que nadie hablaba, como el embarazo, el aborto o la prostitución, y al hacer eso fuimos tomando conciencia de la importancia de este lenguaje y de nuestra situación como mujeres.

¿Qué implica defender una propuesta teatral que trate temas “incomodos” para la sociedad?

El grupo siempre ha tenido una participación en la vida política del país, y no desde la neutralidad. Nosotras seguíamos presentando las obras en las comunas y trabajando con poblaciones muy pobres en zonas donde había mucha presencia de la guerrilla. Así que fuimos objeto de muchas amenazas y tuvimos que exiliarnos en 1988, durante dos años, en diversos países de Centroamérica.

¿¡Y qué pasó con el grupo!?

Cuando volvimos del exilio retomamos el grupo de teatro organizando una campaña para encontrar un espacio, y por fin en 1990 se materializó con el actual teatro La Máscara, en el barrio de San Antonio de Cali, que es una casa que se ha ido remodelando poco a poco. Desde entonces hemos trabajado con mujeres indígenas, desplazadas y afrocolombianas. Cuando inauguramos este espacio estrenamos la obra “Para las muchachas de color que no pensaron que el arco iris era suficiente”, que participó en un festival de Bogotá, donde a la directora de la red Magdalena Project (International Network of Women in Contemporary Theatre), le gustó y nos invitó a Inglaterra para presentarla junto con dos obras más. Esta oportunidad nos abrió al panorama internacional reconociendo no solo la temática y el contenido, sino también la calidad de los montajes. En 2002 se celebró el festival Magdalena Project en Cali y la ciudad se impregnó de un teatro con un fuerte posicionamiento de directoras de todo el mundo con obras sobre temas de mujer.

¿Actualmente, qué actividades realizáis en el teatro La Mascara?

A parte de la creación artística, desde hace ocho años y en colaboración con la ONG italiana Medina, hacemos un trabajo de formación teatral con comunidades en vulneración y desplazadas por el conflicto armado, como también con jóvenes que están en reformatorios. Además organizamos el laboratorio de creación teatral y pensamiento feminista, donde un grupo de veinte personas se inscriben e indagan sobre un tema. Se trata de una investigación y puesta en escena a través del cuerpo con un enfoque feminista. Por ejemplo, en los talleres, hemos tratado sobre la relación con la madre y la complejidad del amor romántico.

¿Tenéis alguna obra entre manos?

“El grito de Antígona versus la nuda vida” es una reflexión sobre la situación política en Colombia, donde somos las mujeres quienes seguimos reclamando los cuerpos de nuestros maridos e hijos muertos. El concepto “la nuda vida” hace referencia a la vida y a la muerte sin dignidad, que es cuando tú matas porque la vida no vale nada. Y eso pasó en Colombia y sigue ocurriendo con el caso de los falsos positivos. Este concepto, pensamos, que representa muy bien el conflicto que vivimos: el grito de la esperanza de la mujer versus una muerte sin dignidad. Es una obra muy fuerte que explica también como mucha gente fue cómplice, sin saberlo, de las acciones paramilitares. Un poco es lo que sucedió con la II Guerra Mundial, cuando mucha gente le dio la mano a Hitler sin saber sus consecuencias.

¿Puede la propuesta de teatro feminista influenciar en el proceso de paz que vive Colombia?

Para que el mundo entienda la bestialidad del crimen, de la guerra tanto en Colombia como en el mundo, hay que entender que hay otras propuestas, y que muchas de ellas las tenemos las mujeres, porque, a diferencia de las revoluciones masculinas, nosotras hemos hecho la resistencia sin derramar una gota de sangre. Nuestras revoluciones muestran que el mundo va mal en todas sus direcciones: en la relación con lo ecológico, la política, la economía, con la vida. Es una situación grave que no sabemos si podremos cambiar con nuestra propuesta teatral, pero no nos queremos quedar conformes con lo que hay. Y queremos expresarlo.

¿Para construir una sociedad más justa es imprescindible incorporar la perspectiva de género?

Las relaciones de dominación patriarcal y las violencias que sufrimos las mujeres están muy instauradas en nuestro país, en nuestras mentes, cuerpos y educación. Nosotras pensamos que una manera de empezar a correr el velo es que la gente tome conciencia de que la violencia no es natural. Con nuestro trabajo invitamos a reflexionar la vida de otra manera, más equitativa y menos violenta.

Entonces para La Máscara el arte es una herramienta política para el cambio social.

El arte es en sí mismo político. El trabajo que hacemos es de denuncia en el sentido de que hablamos de la vida de las personas, de los conflictos políticos y sociales, de lo que sentimos. Somos mujeres que indagamos en una realidad que exige derechos. Nosotras tenemos un discurso político, aunque ante todo es artístico. Elegimos una forma de trabajo a conciencia, porque donde hay arte hay paz.

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