El tango y el vacío (una historia argentina)

En Buenos Aires, esa “mezcla perfecta entre París y Berlin”, escribía Roberto Bolaño, nos asaltó el alma de Gardel. Era una figura prácticamente imperceptible, inalcanzable que, según cuentan, se le aparece a menudo al bonarense, pues su aparición se trata de un fenómeno común en la capital argentina.

Lo que nos ocurrió en aquella noche misteriosa de diciembre, en el barrio del Abasto, barrio en el que vivió Carlos Gardel, cuyo origen todavía hoy es una disputa irreconciliable, fue que un fugaz relámpago de luz se presentó en frente de nuestros rostros tomando una forma que por su contorno o silueta bien se parecía a la del famoso tanguista.

Fue el escritor inglés John Berger quien dijo que las personas, en el vacío que dejan al morir, dejan también un espacio lleno de contornos, y que ese espacio es exactamente el parecido de la persona.

Gardel -o lo que intuíamos de él- debía entonces viajar de manera circular a la velocidad de la luz y llegar al mismo instante que partía del lugar sin que nosotros pudiésemos percibir dicho viaje interestelar. Se formaba ante nuestros ojos una experiencia de vacío que aparecía en el mismo instante que desaparecía la realidad.

¿Qué es el vacío?, se preguntaba Nietzsche. Quizá no haya una respuesta y la propia pregunta caiga en el vacío, o tal vez como decía T.S Eliot el vacío es el vacío. Pero ahora, precisamente ahora, uno se acuerda de la película de Wong Kar Wai Happy Together, y de aquella trágica escena en blanco y negro en la que dos amantes, tras romper su relación en medio de un viaje hacia las Cataratas de Iguazú -lugar emblemático para tirarse al vacío-, vuelven a encontrarse en un local nocturno de tango en Buenos Aires, donde se  revelará el verdadero destino de la pareja: un vacío tan largo y profundo como el tango que les acompaña.

Así fue como nos pasamos los días, las semanas y el mes postrados en el Barrio de Palermo, allá donde vivió durante toda su vida Jorge Luís Borges, esperando que apareciese la figura del escritor de la misma forma que se nos apareció Gardel, aunque eso significase, como dijo Gombrowicz en el barco que le llevaría a Europa en 1963, que, mientras el autor argentino estuviese vivo, ningún escritor del mundo podría alcanzar nunca la madurez literaria.

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