El otro factor

La historia que os vamos a contar es una historia de coincidencias, una suma de casualidades dignas de mencionar; menospreciarlas seria un insulto.

La primera de las casualidades -tal vez sea la menos casual de todas las casualidades- empezó cuando cayó en nuestras manos -permitidnos la licencia cuando ya nada parece caer en manos de nadie, sino más bien en las redes de lo virtual- el artículo semanal que escribe Enrique Vila-Matas en el diario El País. En esta ocasión, el escritor de París no se acaba nunca o Aire de Dylan escribíó sobre la ciudad de Montevideo y lo tituló “El factor Montevideo”, en el que hablaba sobre las buenas impresiones que le había causado la ciudad, como también nos la había causado a nosotros.

El autor  afirmaba sentirse “en su lugar” cuando paseaba por las calles y plazas de la ciudad, resultado de una arquitectura art decó que precisamente siempre nos recordaba a nuestro lugar común, casi como quien pronuncia la palabra ¨Montevideo¨, cuya declamación, al parecer, encerraba en su propio significado un sentimiento de lugartenencia.

En efecto, Montevideo tiene la similitud de un lugar que no es desconocido, de un espacio compañero que rápidamente apreciamos como nuestro. Esa especie de eclipse líquido, que junta las aguas del Río de la Plata con el Mar Atlántico, es fácil que nos traslade a ciertos recuerdos de la infancia y la adolescencia.

Siguiendo con las casualidades y aunque nosotros no íbamos encontrando sobrinas de escritores uruguayos por las calles de Montevideo, no hubo mayor casualidad en la experiencia montevideana que terminar alojados, durante toda nuestra estancia, en la casa del hijo de Levrero -sin duda le ganábamos la partida a Vila-Matas-, un apartamento pequeño y confortable donde abundaban, para mayor regocijo, libros y resquicios sobrantes de la obra levreriana que le otorgaban al lugar un auténtico rincón para la inspiración literaria.

Para colmo, el apartamento de nuestro gran anfitrión, uno de los documentalistas más interesantes del país, se encuentra frente al antiguo hotel Cervantes, hoy llamado Esplendor, donde Cortázar sitúo su cuento La puerta condenada. El edificio, cuyo nombre nunca olvidaremos, se llama Don Quijote, siempre custodiado por Javier, jovial portero que bien podría parecérsele a Sancho Panza.

Tras ese cúmulo de coincidencias uno lo espera todo de Montevideo: por ejemplo, contemplar en una mesa del Café Brasilero a una triste figura que nos recordase a Lautréamont, o subir en el piso más alto del hotel Radisson y simular que estábamos en “La Torre de los Panoramas” que mencionaba Vila-Matas. Pero eso ya dependía de otras casualidades y también de otra historia.

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